En el barrio de San Patricio, donde los postes de madera aún sostenían una telaraña desordenada de cables negros y transformadores ruidosos, vivía don Tomás Rosales. A don Tomás nadie lo llamaba por su nombre de pila; para todo el vecindario era, simple y llanamente, «Chispas». Aquel apodo no era gratuito: llevaba más de treinta y cinco años resolviendo cortocircuitos imposibles, desenredando acometidas clandestinas y arreglando tableros de fusibles que olían a plástico chamuscado. Tenía en los dedos callos tan duros que decían que podía comprobar si un enchufe tenía ciento diez o doscientos veinte voltios sin parpadear, limitándose a soltar un chasquido de dientes si la descarga le parecía un poco fuerte.

Tomás amaba profundamente su profesión. Consideraba que la electricidad no era un simple oficio comercial, sino un arte sagrado, una danza invisible de electrones que ponía orden en el caos de la oscuridad. En su taller, situado en el garaje de su casa, cada herramienta descansaba en un lugar meticulosamente asignado. Había alicates de punta fina con mango aislante de mil voltios, pinzas amperimétricas relucientes, rollos de cinta aislante de colores estratégicos y una colección infinita de clemas y conectores de cobre. Sin embargo, toda esa rigurosa física cuántica que dominaba a la perfección en la calle se desvanecía en el instante exacto en que cruzaba el umbral de su propia puerta.
Allí comenzaba el verdadero enigma de su existencia, el legendario colmo que alimentaba las tertulias del café de la esquina.
Para empezar, el destino, con su particular sentido de la ironía poética, le había presentado tres décadas atrás a la mujer de su vida. Se llamaba María de la Luz, aunque todos le decían Luz a secas. Doña Luz era una dama alegre, menuda, pero con un temperamento fulminante capaz de energizar una manzana entera con una sola mirada de reproche. Tomás solía decir en los aniversarios que el amor no fue a primera vista, sino un flechazo estático, un arco voltaico que fundió su soltería para siempre. Y tenía sentido: Tomás pasaba el día entero buscando a la luz por los tejados ajenos, para terminar volviendo exhausto a casa solo para encontrarse de frente con Luz, sentada en la mesa del comedor, fiscalizando con una linterna imaginaria sus horarios de llegada.
—Llegaste tarde, Tomás —decía ella con voz serena pero fulgurante—. Tienes una hora de retraso y los frijoles ya perdieron toda la temperatura.
—Fue una sobrecarga en la panadería, mujer —se defendía él, guardando el buscapolos en el bolsillo de la camisa—. Se fundió la térmica principal y casi se les quema el horno rotativo.
—Siempre tienes una excusa con voltaje —replicaba Luz, sonriendo con ternura mientras le servía un plato caliente—. Lávate las manos antes de que descargues esa mugre sobre el mantel blanco.
Pero el juego del universo no se detenía en el nombre de su cónyuge. El verdadero desafío a las leyes de la electrodinámica radicaba en sus dos hijos adolescentes: Hugo y Mateo. Si don Tomás era la resistencia empeñada en mantener la disciplina, la mesura y el ahorro energético en el hogar, aquellos dos muchachos eran el circuito perfecto de la vagancia organizada. Poseían un talento genético y casi sobrenatural para darle la razón a su madre y seguirle la corriente a cualquier ocurrencia, travesura o conspiración doméstica.
No importaba la descabellada idea que propusiera doña Luz; Hugo y Mateo se acoplaban a la frecuencia en milisegundos.
Un sábado por la mañana, por ejemplo, Tomás se levantó temprano con la firme intención de reorganizar la bodega del patio trasero. Había acumulado durante meses motores quemados, bobinas viejas y restos de tubería conduit que amenazaban con desplomarse. Al entrar a la cocina con su overol de faena, encontró a la familia reunida alrededor de la mesa con un aire sospechosamente solemne.
—Tomás, siéntate —ordenó Luz con calma—. La bodega puede esperar. Hemos estado conversando los tres y consideramos que ha llegado el momento de redecorar la sala. El verde menta de las paredes está deprimido. Necesitamos pintar todo de amarillo sol y cambiar la lámpara del techo por una de mimbre artesanal.
Tomás abrió los ojos con alarma. La lámpara actual era una joya de ingeniería funcional: un plafón hermético con tres tubos fluorescentes de bajo consumo instalados por él mismo, perfectamente nivelados con un nivel de burbuja.
—¿Mimbre? —protestó Tomás, alzando las manos como si estuviera frente a un cable pelado de alta tensión—. El mimbre es inflamable, acumula telarañas y bloquea la dispersión lumínica adecuada. Esa sala tiene los lúmenes exactos calculados por metro cuadrado. Hugo, tú estudias contabilidad, dile a tu madre que comprar pintura y lámparas nuevas en este momento desestabiliza el flujo de caja del mes.
Hugo, que estaba untando mantequilla en una tostada con absoluta parsimonia, ni siquiera levantó la vista del plato.
—La verdad, papá, el amarillo sol tiene una vibración que estimula la concentración y el rendimiento cognitivo. Estuve leyendo un reporte económico y está comprobado que los ambientes luminosos reducen el estrés financiero familiar. Apoyo totalmente la moción de mamá.
Tomás se quedó boquiabierto, sintiendo una pequeña chispa de indignación en el pecho. Dirigió su mirada hacia Mateo, el hijo menor, confiando en encontrar un ápice de solidaridad filial en el muchacho que solía acompañarlo a comprar insumos a la ferretería.
—Mateo, por favor. Tú sabes lo que cuesta bajar esa caja de empalmes. Apóyame aquí.
Mateo bebió un sorbo largo de jugo de naranja, miró a su madre con devoción estratégica y luego a su padre.
—Papá, mamá tiene razón. Además, si pintamos de amarillo, podemos hacer un mural moderno en la esquina donde da la ventana. Ya tengo la lista de los rodillos que necesitamos. Le prometí a mamá que la ayudaría a mover los muebles esta misma tarde.
—¡Es una conspiración en paralelo! —gritó Tomás, golpeando la mesa con el puño cerrado—. ¡Aquí nadie me ofrece resistencia! ¡Son conductores puros! ¡No tienen criterio de corte! Si su madre dice que el agua de la tina debe calentarse con leña para ahorrar luz, ustedes van corriendo al bosque con un hacha a buscar ramas secas.
—Y bien secas que las traerían, Tomás, porque son hijos obedientes y no cascarrabias como tú —remató Luz, sirviéndole una taza de café con una sonrisa victoriosa.
Durante toda la jornada, Tomás tuvo que soportar el espectáculo de sus dos herederos cargando baldes de pintura amarilla, moviendo sillones y tarareando las mismas canciones de radio que le gustaban a doña Luz. Cada vez que el electricista intentaba insinuar que la brocha estaba goteando o que estaban tapando los tomacorrientes sin colocarles cinta protectora, los muchachos coreaban al unísono: «Tranquilo, papá, mamá dijo que después limpiamos los bordes con un trapito húmedo, no te estreses tanto».
Para don Tomás, aquello era una derrota técnica. Podía enfrentarse a una tormenta eléctrica tropical en lo alto de un poste de hormigón armado, rodeado de chispas azules y truenos ensordecidores, manteniendo el pulso firme para cambiar un fusible de alta capacidad. Podía diagnosticar un fallo de aislamiento en un edificio comercial de doce plantas con solo mirar el comportamiento de un reloj medidor. Sin embargo, en el cuadrilátero de su hogar, estaba completamente desarmado. La combinación era invencible: una esposa que se llamaba Luz, cuyo brillo mandaba sobre todas las decisiones de la casa, y dos hijos que jamás cuestionaban una sola directriz materna, dejándose llevar por el caudal de sus órdenes con la suavidad de un río caudaloso.
Al caer la tarde, con las paredes de la sala brillando en un estridente tono amarillo canario y el olor a pintura fresca impregnando cada rincón, Tomás se sentó en un banquillo de madera en la entrada del garaje. Respiró hondo el aire fresco del anochecer y encendió una pequeña linterna de bolsillo para revisar su cuaderno de notas de trabajo.
A los pocos minutos, la puerta se abrió. Apareció Mateo con un vaso de limonada fría, seguido por Hugo, que traía un platillo con galletas de avena.
—Te trajimos algo fresco, papá —dijo Mateo, entregándole el vaso—. Ya terminamos de limpiar los marcos de las puertas. Quedó bastante bien, la verdad.
—Sí, viejo —añadió Hugo, dándole una palmada en el hombro—. Mamá dice que si mañana no llueve, te va a preparar ese sancocho espeso que tanto te gusta para compensar el día de trabajo.
Tomás miró el vaso con hielo, contempló a sus dos muchachos con sus camisetas manchadas de pintura amarilla y no pudo evitar que una sonrisa cansada se dibujara en su rostro. Bebió un trago largo, sintiendo cómo el frío aliviaba el calor de la jornada.
—Ustedes son tremendos —murmuró don Tomás con resignación cariñosa—. Treinta años de electricista calificado, estudiando las normas internacionales de seguridad, respetando los códigos de colores, aislando fases, tierras y neutros para evitar desastres… para terminar viviendo bajo el mismo techo con la Luz gobernando el tablero general y dos zánganos que no hacen más que seguirle la corriente a todo lo que se le ocurre.
Los dos muchachos soltaron una carcajada que resonó en el patio, y desde la cocina, la voz alegre y clara de doña Luz se escuchó a través de la ventana:
—¡Te escuché, Tomás! ¡Y apaga esa linterna que estás gastando las pilas por puro gusto!
Don Tomás sacudió la cabeza, apagó la linterna con un clic obediente y sonrió en la penumbra. Después de todo, pensó para sus adentros, en una casa donde la energía fluía con tanta armonía, un cortocircuito de vez en cuando era el menor de los problemas.