En la concurrida avenida de Las Comunicaciones, entre tiendas de fundas de silicona y quioscos de periódicos viejos, se encontraba el taller y consultorio del doctor Rigoberto Silicio. Con más de veinticinco años lidiando con chips, resistencias de precisión y pantallas táctiles de cristal templado, el veterano técnico era considerado una eminencia de la salud electrónica. No había aparato desahuciado por los servicios técnicos oficiales que no encontrara bajo su lupa y su cautín de estaño una segunda oportunidad de vida. Su bata blanca, llena de quemaduras diminutas y manchas de alcohol isopropílico, le confería la estampa inconfundible de un cirujano de la microelectrónica.

Aquella mañana de sábado, la sala de espera del taller estaba especialmente agitada. Sobre la mesa revistera aguardaban varios pacientes aquejados de males contemporáneos: una tableta infantil con el altavoz atragantado de migas de galleta, un reloj inteligente con taquicardia de notificaciones que no paraba de vibrar sobre la fórmica y una consola portátil con artritis severa en la palanca de mando izquierda.
Sin embargo, en el rincón más sombrío del banco de espera, reposaba un caso que llamaba la atención por su palidez espectral. Se trataba de un teléfono inteligente de gama media, con carcasa negra metalizada y bordes suavemente redondeados. En sus mejores épocas, aquel dispositivo había sido el rey de la casa: reproducía vídeos en alta definición sin inmutarse, sincronizaba tres cuentas de correo al mismo tiempo y descargaba aplicaciones pesadas con la presteza de un rayo. Pero esa mañana apenas lograba mantener encendida una tenue franja de luz en su pantalla AMOLED.
El timbre de la puerta del laboratorio sonó con un zumbido seco.
—¡Turno cuarenta y dos! —anunció el doctor Rigoberto asomando la cabeza con unas gafas de aumento sujetas a la frente con una banda elástica—. El paciente de la pantalla tenue, por favor, pase a la camilla de pruebas.
El teléfono se levantó con una lentitud conmovedora, arrastrando su cable de carga desconectado como si fuera una bata de enfermo en un pabellón de convalecencia. Ingresó al despacho y se recostó boca arriba sobre la alfombrilla antiestática de color azul.
Rigoberto ajustó la lámpara de brazo articulado, encendió el multímetro digital y comenzó la auscultación preliminar.
—A ver, jovencito, cuénteme con calma qué lo trae por aquí —dijo el doctor con voz afable pero autoritaria, palpando la tapa trasera para comprobar si existía hinchazón térmica—. Lo noto con el brillo al cinco por ciento, los iconos parpadean con desgano y el procesador apenas genera medio gigahercio de frecuencia. ¿Ha sufrido alguna caída sobre pavimento húmedo? ¿Descargó algún archivo ejecutable de procedencia sospechosa en los últimos días?
El teléfono emitió un suave pitido sordo a través de su altavoz inferior, similar a un carraspeo de garganta metálica.
—Nada de eso, doctor —respondió el aparato con un hilito de voz que apenas alcanzaba los veinte decibelios—. No tengo virus, mi memoria interna tiene más de cincuenta gigabytes disponibles y jamás se me ha caído un solo tornillo al suelo. Pero no me reconozco. Desde hace una semana, apenas abro una red social o intento reproducir una canción alegre, la vista se me nubla por completo. Empiezo a ver todo en escala de grises, el teclado se me traba con la letra «m» y un cartelito rojo no para de salirme en el pecho como una punzada de dolor.
El especialista frunció el ceño con gesto analítico. Tomó dos puntas de prueba —una roja y otra negra— conectadas a un osciloscopio de precisión y las apoyó con cuidado en los terminales de cobre del puerto de carga.
—Veamos cómo responde ese pulso galvánico —murmuró el galeno mientras observaba la pantalla verde del monitor—. Extraño… muy extraño. No hay cortocircuitos en la placa madre, el conector tipo C está impecablemente limpio y las antenas de recepción reciben señal de satélite con total claridad. La arquitectura general es magnífica.
En ese instante, entró al consultorio Anselmo, el ayudante de recepción, cargando una bandeja con dos cafés humeantes. Al ver al doctor tan concentrado revisando con lupa milimétrica a un paciente que a simple vista no presentaba fisuras en el cristal ni abolladuras en el chasis, no pudo contener la curiosidad.
—Oiga, don Rigoberto —preguntó el muchacho dejando la taza sobre el escritorio auxiliar—, ¿se puede saber qué tiene de grave este caso para que lleve media hora revisándole las entrañas con el voltímetro? Ese móvil parece prácticamente nuevo; en la vitrina cualquiera pagaría buen dinero por él. ¿Por qué el celular fue al médico?
El doctor Rigoberto dejó las puntas de prueba sobre la mesa de trabajo, se subió las gafas de aumento hacia el nacimiento del cabello, miró el porcentaje que parpadeaba con un agonizante uno por ciento dentro de un diminuto icono en forma de pila roja y respondió con la más contundente verdad de la ciencia electrónica:
—Porque tenía poca batería.
Anselmo parpadeó dos veces, miró al teléfono que soltó un último parpadeo de despedida antes de apagarse por completo, y estalló en una carcajada tan limpia que hizo vibrar las cajas de herramientas del estante. El viejo doctor, sin perder la flema, tomó un cargador de carga rápida de sesenta y siete vatios, lo enchufó a la pared y conectó el cable directo al corazón del paciente. Al instante, un rayo verde iluminó la pantalla anunciando que el enfermo recuperaba el aliento, listo para volver a la vida moderna con la energía renovada.