En la apacible calle de Los Robles, las tardes de los viernes solían tener un aroma a café recién colado, césped recién cortado y el rumor alegre de los radios de transistores sintonizando música de cuerda. En la casa número 28 residía don Fernando con su hijo Pepito, un jovencito despierto, vivaz y dueño de una simpatía desbordante, pero con una relación sumamente distante con los libros de texto y los cuadernos escolares. Para Fernando, empleado metódico de una oficina de envíos, los días de entrega de calificaciones representaban verdaderas jornadas de penitencia espiritual.

Pepito tenía talento natural para armar carritos de balineras, dominar el balón en el andén durante media hora sin dejarlo caer y recordar con lujo de detalles las alineaciones de fútbol de los últimos tres mundiales. Sin embargo, cuando se trataba de memorizar la tabla periódica, resolver quebrados en la pizarra o recitar las capitales del continente, su mente parecía tomarse unas vacaciones automáticas. En su cartilla de calificaciones, el número cinco y el seis aparecían con tanta frecuencia que en casa ya parecían miembros adoptivos de la familia.
Aquel viernes en particular, don Fernando se encontraba en la sala descansando en su sillón predilecto tras una larga jornada laboral. Vestía su cómoda camisa azul de fin de semana y leía el periódico local, disfrutando del silencio acogedor del hogar, cuando un estruendo familiar sacudió la entrada.
La puerta principal se abrió de golpe, chocando contra el tope de goma. Pepito entró como un torbellino, dejando una ráfaga de viento a su paso. Llevaba la mochila escolar de tirantes oscuros colgada de ambos hombros, los cordones de los zapatos apenas amarrados y una sonrisa tan ancha y radiante que parecía iluminar hasta el rincón más sombrío del corredor. Levantó el puño derecho al aire con la euforia de un delantero que acaba de marcar el gol del campeonato en tiempo de descuento.
—¡Papá, papá, qué alegría tengo! —exclamó el muchacho con la voz llena de un entusiasmo contagioso—. ¡Me saqué un diez en la escuela!
Don Fernando bajó el periódico con lentitud milimétrica. Parpadeó perplejo, ajustó la vista y miró a su hijo como si estuviera contemplando una aparición celestial. En diez años de paternidad jamás había escuchado de boca de Pepito la palabra «diez» asociada a una evaluación formal. Una oleada de alivio, orgullo paternal y legítima emoción le inundó el pecho. Tantos desvelos obligándolo a repasar geografía, tantas tardes apagándole el televisor para que hiciera los ejercicios de matemáticas… ¡por fin el esfuerzo daba sus frutos dorados!
—¡Qué bien, hijo! —respondió Fernando, levantándose del sillón con una sonrisa resplandeciente y los ojos brillantes de satisfacción—. ¡Esa es una noticia maravillosa! Sabía que tenías la cabeza para cosas grandes cuando te lo proponías. A ver, enséñame el examen. Déjame verlo para colgarlo de inmediato con un imán en la nevera y mostrárselo a tu abuela cuando venga a almorzar el domingo.
En ese preciso instante, la euforia triunfal en el rostro de Pepito experimentó una sutil metamorfosis. La sonrisa radiante se encogió en una mueca tímida y comprometida. El puño victorioso bajó despacio, subió hacia la nuca y comenzó a rascarse la cabeza con un nerviosismo elocuente. El muchacho ladeó la mirada hacia el techo, desvió los ojos hacia las cortinas de la sala y tragó saliva con dificultad, como quien calcula la mejor ruta de escape en un callejón sin salida.
Don Fernando, curtido en años de detectar las maniobras evasivas de su heredero, frunció levemente el ceño.
—¿Qué pasa, Pepito? —preguntó el padre con tono cauteloso—. ¿Dónde está la hoja? ¿Acaso la dejaste arrugada en el fondo de la mochila entre los envoltorios de las galletas?
Pepito extendió los dos brazos hacia los costados, con las palmas abiertas hacia arriba en un gesto de inocencia cósmica e irremediable desapego material. Miró a su padre de frente y, con la sinceridad más pura y descarada que pueda habitar en el alma de un estudiante de primaria, soltó su explicación definitiva:
—No lo tengo… se lo presté a Juan para que asustara a sus papás.
Don Fernando se quedó petrificado en medio de la sala. La mandíbula se le desencajó por completo y sus ojos se abrieron tanto que casi se le escapan de las órbitas. Durante varios segundos, el silencio fue tan denso que solo se escuchaba el tictac del reloj de pared. Miró las manos vacías de su hijo, procesó la maquiavélica estrategia de solidaridad infantil ideada para ponerle los pelos de punta a los vecinos de la cuadra, y comprendió que el legendario examen con la nota perfecta jamás había llevado el nombre de Pepito en el encabezado.
Antes de que el padre pudiera articular una sola palabra de reclamo, Pepito ya había dejado caer la mochila sobre la alfombra y corría hacia la cocina a buscar un vaso de jugo, convencido de que, si bien las matemáticas seguían sin dársele del todo bien, en materia de ingenio callejero se había ganado, con honores, la máxima calificación.