En la oficina de contabilidad y asesoría tributaria «Cuentas Claras», el ambiente laboral se regía por dos normas inquebrantables: cuadrar los balances hasta el último centavo y mantener el orden estricto de los escritorios. Allí, entre carpetas de cartón manila, grapadoras metálicas y olor a café recalentado, reinaba don Casimiro, un contador veterano de tirantes elásticos, manguitos protectores en los antebrazos y una desconfianza casi patológica hacia la modernidad digital.

Casimiro no creía en la nube informática ni en las copias de seguridad remotas. Para él, un documento solo existía si estaba impreso por duplicado y sellado con tinta indeleble. Sin embargo, los tiempos habían avanzado y la gerencia lo había obligado a trabajar frente a una computadora de escritorio: una torre de chapa beige, pesada como un saco de cemento, acompañada por un monitor cuadrado y un teclado de teclas altas que sonaban como una ametralladora en plena batalla contable.
A pesar de su reticencia inicial, con los años Casimiro había desarrollado un afecto silencioso por su máquina. La llamaba cariñosamente «La Cafetera». Aquel viejo equipo, equipado con una placa base curtida en mil batallas y un ventilador trasero que rugía como un motor fuera de borda, tenía una particularidad que desafiaba a los ingenieros de sistemas más brillantes de la región: parecía tener conciencia meteorológica propia.
Todo comenzó una lluviosa tarde de noviembre. Un frente frío proveniente de la cordillera azotó la ciudad, bajando la temperatura a niveles inusuales. Para colmo de males, el termostato del aire acondicionado central de la oficina se averió, expulsando una ventisca polar digna de la tundra siberiana directamente sobre el pasillo de contabilidad. Los empleados trabajaban con abrigos de lana gruesa, guantes sin dedos para teclear y bufandas enrolladas hasta las orejas.
Casimiro tiritaba frente a su pantalla, frotándose las manos para recuperar la sensibilidad en los dedos.
—¡Qué barbaridad de frío! —rezongaba el anciano contador mientras sus dientes castañeaban—. A este paso los números se van a congelar en las celdas de la hoja de cálculo.
De repente, un ruido extraño provino de la torre metálica apoyada sobre el suelo. No era el zumbido habitual del disco duro girando a siete mil revoluciones, sino un traqueteo sordo, espasmódico, semejante a un temblor de mandíbulas mecánicas. El ventilador del disipador de calor, acostumbrado a lidiar con el calor sofocante del verano, parecía estar sufriendo una hipotermia de circuitos. Los sensores de temperatura interna marcaban apenas doce grados centígrados, una cifra tan ridículamente baja que la memoria RAM no sabía si procesar datos o ponerse a invernar.
En ese instante entró al despacho Germán, el joven técnico de soporte informático de la empresa. Germán llevaba su habitual camiseta con estampados tecnológicos, una mochila repleta de cables de red y un destornillador de estrella en el bolsillo de la camisa.
—Buenas tardes, don Casimiro —saludó el muchacho con aire resuelto—. Me avisaron que su equipo está comportándose de manera errática y que se niega a abrir el sistema de facturación electrónica. Déjeme echarle un vistazo a los procesos del sistema operativo.
Germán se inclinó sobre el escritorio, tomó el ratón óptico y comenzó a abrir ventanas a diestro y siniestro. Desplegó tres hojas de cálculo interminables, dos navegadores de internet con decenas de pestañas de consulta tributaria, el explorador de archivos con quinientas carpetas y el panel de control del sistema. La pantalla era un carnaval saturado de ventanas rectangulares abiertas de par en par, encimadas unas sobre otras, que dejaban al descubierto el fondo de escritorio con la clásica pradera verde y el cielo azul.
—Mire, Germán, no me le abra tantas cosas a la vez —advirtió Casimiro ajustándose los lentes—. Esa máquina es de edad avanzada y no le gusta que la sobrecarguen de trabajo con semejante ventarrón en la oficina. Se va a resfriar.
Germán soltó una carcajada burlona, apoyando una mano sobre la torre de la computadora.
—Por favor, don Casimiro, no sea supersticioso. Las computadoras son circuitos integrados, silicio y soldadura de estaño; no tienen sensaciones corporales. Además, entre más programas abra, más trabaja el microprocesador, más energía consume y más calor genera. Es pura termodinámica aplicada a la electrónica.
Pero apenas terminó de pronunciar aquellas palabras doctas, un crujido agudo resonó en los altavoces integrados del monitor.
El puntero del ratón se congeló de forma literal en la esquina superior izquierda. La torre emitió un pitido lastimero, corto y quejumbroso: ¡piiiip!. Segundos después, ante la mirada atónita de los dos hombres, los marcos de los programas comenzaron a temblar sobre la pantalla. Sin que nadie tocara el teclado ni accionara el botón de escape, la primera hoja de cálculo se minimizó sola a toda velocidad. Luego, la ventana del navegador colapsó con un chasquido instantáneo, seguida de inmediato por las carpetas del explorador y el panel de control.
Una a una, en una carrera frenética y coordinada que desafiaba cualquier comando lógico programado en el código fuente, todas las interfaces abiertas fueron desapareciendo de la vista con la rapidez de quien corre a cerrar los postigos de una cabaña ante la inminencia de una nevada feroz. En cuestión de tres segundos, la pantalla quedó completamente limpia, mostrando únicamente el fondo estático y un mensaje flotante que parpadeaba con obstinada serenidad: «Guardando sesión por seguridad térmica».
Germán se quedó boquiabierto, apretando el botón del ratón sin obtener la más mínima respuesta.
—¡Pero qué demonios! —exclamó el técnico, rascándose la coronilla con el destornillador y mirando las entrañas de la torre como si esperara ver un duende adentro—. ¡Esto no tiene sentido en ningún manual de arquitectura de sistemas! No hay virus en la red, no hubo un pantallazo azul de error crítico, no se cortó el fluido eléctrico ni se sobrecalentó la tarjeta gráfica. Don Casimiro, explíqueme usted si tiene la más remota idea de qué acaba de hacer esta máquina. ¿Por qué razón un ordenador decide de la nada cancelar todos los procesos visuales abiertos en mitad de un análisis de rendimiento?
Don Casimiro se acomodó la bufanda de lana alrededor del cuello, miró el termómetro de pared que marcaba un frío polar en la habitación, observó la quietud pacífica de la pantalla vacía y, con una sonrisa socarrona cargada de la más pura sabiduría popular, respondió con naturalidad:
—Pero hombre, Germán, ¿es que tú no tienes ojos en la cara? ¿Qué más va a hacer una pobre computadora cuando tiene tanto frío? ¡Pues cerrar Windows!
Germán soltó el ratón lentamente, miró el juego de palabras entre el sistema operativo y las ventanas de la habitación, contempló la calma helada de la oficina y no tuvo más remedio que dejar escapar una carcajada derrotada, admitiendo que contra la climatología digital de don Casimiro no había parche de seguridad capaz de competir.