En las canchas polvorientas del Club Deportivo Huracán, situado a las afueras de la ciudad, los domingos por la tarde eran sinónimo de pasión desenfrenada, humo de chorizos asados y gritos de aliento que retumbaban hasta el campanario del pueblo. No había domingo sin drama ni jugador sin historia, pero entre todas las camisetas sudadas y las medias a medio caer, destacaba una figura que la afición trataba con veneración casi religiosa: don Teófilo «El Cañón» Martínez.

A sus veintiocho años, Teófilo era el orgullo del barrio. Delantero centro de zancada imponente, portaba una pierna derecha que no disparaba balones, sino que arrojaba auténticos meteoritos hacia las redes contrarias. Cuando «El Cañón» perfilaba el cuerpo en el borde del área grande, los guardametas rivales no pensaban en atajar; pensaban en sus familias, rezaban una jaculatoria rápida y se hacían a un lado para no salir volando junto con la pelota hacia las gradas de madera. En tres temporadas consecutivas, Teófilo se había llevado el trofeo de máximo artillero del campeonato, consagrándose como una leyenda viva del fútbol aficionado.
Sin embargo, a pesar de sus dotes atléticas excepcionales y de su potencia muscular digna de un gladiador romano, Teófilo fuera del terreno de juego era la criatura más pacífica, tímida y escrupulosa que hubiera pisado jamás una cancha deportiva. Jamás discutía una falta, pedía perdón cuando el árbitro lo amonestaba por error y los sábados por la tarde ayudaba a su tía a bordar servilletas de punto de cruz con una delicadeza desconcertante. Aquella combinación de furia dentro del campo y extrema timidez fuera de él siempre había sido su rasgo más pintoresco, hasta que llegó la semana previa a la gran final del torneo intercolegial de veteranos y libres.
El rival en la final no era otro que Los Halcones del Norte, un equipo célebre no por su buen toque de balón, sino por la ferocidad casi militar con la que disputaban cada pelota. Su capitán y defensa central, un carnicero de oficio apodado «El Hacha» Bermúdez, ya había advertido en los programas deportivos de la radio local que el delantero estrella de Huracán no la tendría nada fácil.
La tensión en los entrenamientos se cortaba con cuchillo. El profesor Robustiano, un director técnico de vieja guardia que vestía chándal de tela brillante y no se quitaba el silbato de los labios ni para tomar café, había convocado a toda la plantilla para una sesión táctica a puertas cerradas. El pizarrón verde estaba repleto de flechas rojas, cruces y círculos que apuntaban directamente hacia la portería rival.
—¡Muchachos! —bramaba el técnico, golpeando la tiza contra el tablero con tal fuerza que una nube blanca caía sobre sus zapatos—. El domingo nos jugamos el honor de la camiseta. Los Halcones van a salir a presionar alto, van a dejar espacios atrás y ahí es donde Teófilo tiene que entrar como una fiera. ¡Quiero garra! ¡Quiero decisión! ¡En cuanto la pelota quede suelta en el punto penal, no quiero dudas: hay que ir al choque, anticipar al central y liquidar el partido!
Todos los jugadores asentían con miradas encendidas de gloria deportiva, golpeándose el pecho y apretando los puños. Todos, excepto Teófilo. El muchacho permanecía sentado en un rincón del vestuario, atándose y desatándose los cordones de sus botines de cuero negro con un nerviosismo evidente. Tenía la mirada perdida en los azulejos de la ducha y la respiración entrecortada.
Durante el partido de práctica de esa misma tarde, lo inconcebible sucedió. Cada vez que el balón venía picando hacia el área chica y se abría una oportunidad inmejorable para rematar al arco, Teófilo frenaba la carrera en seco. Levantaba los brazos como pidiendo disculpas por anticipado, dejaba pasar la pelota con una reverencia elegante y retrocedía dos metros, permitiendo que los suplentes despejaran sin oposición.
El profesor Robustiano no podía creer lo que veían sus ojos. Hizo sonar el silbato con tres pitidos estridentes que hicieron volar a las palomas del tejado de las gradas, tiró la gorra contra el césped y corrió hacia el centro del campo agitando los brazos con desesperación.
—¡Paren todo! ¡Paren el entrenamiento! —gritó el estratega, con las venas del cuello a punto de reventar—. ¡Teófilo, por el amor de Dios! ¿Qué clase de baile de salón estás haciendo ahí adelante? Tenías el balón servido a bocajarro tres veces seguidas. ¡Tres veces! Bastaba con estirar el botín, rozarla apenas para mandarla a guardar. ¿Por qué te frenas? ¿Por qué te echas para atrás como si la pelota tuviera púas venenosas?
Los diez compañeros de equipo se acercaron en círculo, rodeando a su goleador estrella con el ceño fruncido y miradas de desconcierto absoluto. «El Cañón» Martínez bajó la cabeza, miró sus tacos relucientes, tragó saliva con amarga dificultad y susurró con un hilo de voz:
—Es que… no quiero que haya problemas, profesor.
—¿Problemas? —rugió Robustiano, mesándose los pocos cabellos que le quedaban—. ¡El único problema es que la final es este domingo y mi centrodelantero goleador parece un monje de clausura pidiendo permiso para respirar! ¡Eres el mejor atacante de la región! Eres veloz, tienes potencia, cabeceas como los dioses y tienes un cañón en los pies. ¡Explícame de una buena vez qué demonios te pasa por la cabeza!
Teófilo se mordió el labio inferior, contempló la grada vacía, sintió el peso aplastante de la expectativa colectiva y, con una mezcla de rubor campesino y sincera angustia existencial, soltó la confesión que sellaría su destino en la historia del folclore deportivo:
—Mire, profe… es que la última vez que fui a trabar un balón con fuerza, rompí una valla publicitaria; en el barrio cuando discuto con mi suegra siempre digo una imprudencia y arruino el almuerzo; y si en la cancha salgo con demasiado ímpetu contra «El Hacha», temo cometer una falta grave, ganarme una tarjeta roja y que todo el pueblo me odie por arruinar el campeonato. Ya sé que suena absurdo para alguien que vive de pegarle al balón… pero ¿cuál es el colmo de un futbolista, sino que le dé miedo meter la pata?
Un silencio sepulcral se apoderó de la cancha durante cuatro segundos eternos. El profesor Robustiano parpadeó con los ojos desorbitados, miró la cara compungida de su número nueve y, de pronto, soltó una carcajada tan descomunal que el silbato que colgaba de su cuello repiqueteó contra su pecho. Uno a uno, los defensas, los volantes y hasta el portero suplente se sumaron a la risa generalizada, abrazando a Teófilo y palmeándole la espalda entre lágrimas de diversión.
—¡Ay, Teófilo de mi vida! —rió el técnico secándose las lágrimas—. ¡En la vida real podrás equivocarte todo lo que quieras, pero aquí adentro la única pata que conocemos es para reventar las mallas! Anda, ponte de pie, que el domingo metes la pata hasta el fondo de la red y nos traemos esa copa a casa.
Y así fue: el domingo siguiente, con el miedo bien guardado en el vestuario, Teófilo metió la pata dos veces con tanta precisión que el Club Huracán se coronó campeón indiscutible de la temporada.