En la tercera planta de un sobrio edificio del centro urbano, tras una puerta de madera barnizada con una placa de bronce pulido, se encontraba el consultorio de la doctora Clara Valenzuela. Reconocida especialista en trastornos del estrés contemporáneo, la psicóloga había tratado a toda clase de pacientes al borde del colapso: empresarios con agendas desbordadas, estudiantes asfixiados por las fechas de entrega y contables consumidos por los cierres de fin de año. Sin embargo, su agenda de aquella tarde de jueves reservaba una cita verdaderamente atípica.

A las cinco en punto, la puerta se abrió con un leve crujido. Avanzando con una marcha rígida, milimétrica y acompañada de un constante tictac que resonaba en el pasillo como pasos apresurados sobre baldosas secas, ingresó don Horacio Ticiano. Don Horacio era un reloj de mesa estilo imperio, fabricado en madera de caoba curada, con incrustaciones doradas, esfera esmaltada en blanco marfil y un juego de agujas de hierro forjado que en sus mejores años habían marcado la hora con una elegancia aristocrática insuperable.
Pero esa tarde, el aspecto del ilustre cronómetro denotaba un desgaste alarmante. Su manecilla larga —el minutero— temblaba levemente al alcanzar el número doce; el péndulo oscilaba con una vibración errática que amenazaba con raspar las paredes interiores de la caja; y su campanilla de los cuartos de hora sonaba con un carraspeo metálico, casi asmático.
—Adelante, don Horacio, tome asiento donde se sienta más cómodo —indicó la doctora Valenzuela con voz serena, señalando el diván tapizado en pana azul.
El reloj avanzó con dificultad, acomodó su pesada base de madera sobre los cojines y dejó escapar un suspiro de engranajes desajustados. El sonido del tictac en la habitación se aceleró de manera casi histérica: tic-tac-tic-tac-tic-tac.
—Gracias por recibirme, doctora —dijo Horacio con una voz tintineante y nerviosa—. Llevo días sin poder regular mi escape de áncora. Mis resortes están al límite de la tensión y siento una opresión constante justo en el cilindro central.
La doctora ajustó sus gafas, tomó un bloc de notas y preparó la estilográfica.
—Cuénteme desde el principio. ¿Qué es lo que le ocurre exactamente? ¿Algún conflicto con los otros objetos del hogar?
—¡Ojalá fuera un problema de convivencia con la lámpara de pie o con los libros del estante! —exclamó don Horacio, mientras su segundero daba brincos entre el seis y el siete sin encontrar sosiego—. Durante más de medio siglo he sido el corazón de la sala principal. Marcaba las doce campanadas de Año Nuevo con orgullo patrio, anunciaba el almuerzo con puntualidad prusiana y despertaba a los niños para el colegio sin fallar un solo segundo. Pero el mundo ha cambiado, doctora, y yo no doy más abasto.
—¿En qué sentido ha cambiado para usted? —indagó la terapeuta con tono comprensivo.
—Todo el mundo vive corriendo —explicó el cronómetro con desesperación creciente—. Antes la gente me miraba para disfrutar el momento: decían «qué buena tarde para conversar», o «qué apacible está la lluvia». Ahora solo me miran con espanto en los ojos. La gente se detiene frente a mi esfera, se agarra la cabeza y grita: «¡Es tardísimo! ¡No llego! ¡Se me hace de noche!». Me transmiten una angustia que no me corresponde. Mis engranajes han absorbido el pánico de toda la familia. Además, desde que compraron esos teléfonos inteligentes y esos relojes digitales que parpadean en la muñeca, me siento juzgado. Ellos avanzan sin alma, mientras yo cargo con el peso físico de cada segundo que pasa.
—Noto una sobreexigencia muy grande en su discurso, Horacio —comentó la doctora Valenzuela, trazando una nota en su libreta—. Usted se hace responsable del transcurso mismo de la vida de quienes lo rodean.
—¡Es que la responsabilidad me devora! —gritó Horacio, y en su arrebato su campana dio tres campanadas a destiempo: ¡dindon, dindon, dindon!—. Cada vuelta de mi manecilla es una vuelta menos de cuerda. Miro hacia el tambor de cuerda y veo que el muelle espiral se desenrolla a una velocidad que me causa vértigo. Me despierto a la medianoche con sudores de aceite lubricante, convencido de que al amanecer ya no quedará nada que medir.
La doctora dejó la pluma sobre la mesa auxiliar, cruzó las manos y lo miró fijamente a través de sus cristales con una mezcla de empatía clínica y agudeza profesional.
—Dígame con total franqueza, Horacio: de todas las tensiones mecánicas y emocionales que me acaba de enumerar, ¿cuál es el verdadero motivo de fondo que lo ha traído a mi consulta el día de hoy?
El viejo reloj de caoba contuvo el péndulo por un instante. La estancia quedó sumida en un silencio tan denso que parecía suspendida fuera del calendario. Miró su esfera descolorida, contempló la pequeña llave dorada de dar cuerda que descansaba sobre su repisa y, con un timbre quebrado por la más pura angustia existencial, soltó su confesión definitiva:
—Doctora… vine al psicólogo porque siento que se me acaba el tiempo.
La psicóloga permaneció inmóvil un par de segundos, procesando la literalidad aplastante de la respuesta, hasta que una sonrisa suave y cálida iluminó su rostro. Con calma pedagógica, se inclinó hacia adelante y le ofreció la metáfora perfecta:
—Horacio, el tiempo no se le acaba a usted; usted simplemente lo acompaña. El problema es que olvidó que, a diferencia de los humanos, su angustia tiene un remedio tan elemental como una vuelta de llave en el momento oportuno.
Don Horacio respiró aliviado, su péndulo recuperó el compás acompasado de los buenos tiempos y, tras concertar una sesión de lubricación y descanso preventivo para la semana siguiente, salió del consultorio marcando las seis en punto con la dignidad intacta de quien ha descubierto que cada instante, si se vive al ritmo justo, puede ser eterno.