
En el municipio de San Lorenzo, un pueblo rodeado de colinas verdes y veredas florecidas, don Florindo Botero era una institución viviente de la botánica práctica. A sus cuarenta y dos años, no había en diez leguas a la redonda un hombre con mejores manos para la tierra. Con solo frotar un puñado de abono entre sus dedos agrietados, Florindo podía predecir la acidez del suelo, la fecha exacta para podar los jazmines y la cantidad de agua que requerían las orquídeas para no asfixiar sus bulbos. En su pequeño taller de herramientas, adyacente a su vivero «El Brote Feliz», todo descansaba en un orden simétrico: tijeras de podar de mango largo, rastrillos de púas flexibles, palas de trasplante perfectamente afiladas y carretillas limpias que olían a corteza de pino y humedad viva.
Florindo era un trabajador incansable, amable y de conversación pausada. Cuando hablaba con los vecinos sobre sus setos de limonaria o la plaga del pulgón en los rosales, sus ojos brillaban con la devoción de quien ha encontrado su verdadero propósito en este mundo. Sin embargo, detrás de esa sonrisa bonachona y ese overol verde oliva con bolsillos rebosantes de semillas, don Florindo cargaba sobre sus hombros una cruz emocional pesada como un terrón de greda mojada.
La vida le había concedido un don insuperable para cultivar la flora, pero una suerte catastrófica, casi matemática, en los asuntos del corazón.
Cada vez que Florindo intentaba entablar una relación sentimental, un maleficio invisible pero implacable se activaba sobre su agenda social. Si conocía a una dama simpática en la panadería de la plaza o en la misa de siete, y tras semanas de tímido coqueteo lograba acordar una cita formal, el desenlace era invariablemente el mismo: la mujer nunca llegaba.
La primera fue Beatriz, una enfermera entusiasta a quien Florindo cortejó enviándole ramitos discretos de violetas silvestres. Tras acordar encontrarse un viernes por la tarde junto al quiosco del parque principal, Florindo llegó con veinte minutos de anticipación, calzando sus zapatos de charol dominguero, perfumado con colonia de lavanda y sosteniendo una sombrilla por si caía una llovizna imprevista. Allí permaneció de pie durante tres horas y media, observando cómo las palomas picoteaban migas en el suelo y cómo el sol se ocultaba tras los campanarios, hasta que el sereno de la noche le heló la solapa del saco. Beatriz, según explicó al día siguiente por un escueto mensaje, había olvidado por completo el compromiso debido a un turno doble de emergencia en el dispensario.
Tres meses después ocurrió lo de Carmenza, la administradora de la ferretería central. Con ella el pacto fue cenar en el restaurante campestre de la entrada del pueblo, conocido por sus asados a la brasa y su vista panorámica. Florindo reservó la mejor mesa junto a los helechos colgantes, acomodó una botella de vino tinto y se sentó pacientemente a contemplar el reloj de pared. Esperó una hora. Luego dos. Al llegar a la tercera hora, el mesero, con una mezcla de lástima y pudor, se acercó a ofrecerle un consomé de cortesía para mitigar el frío. Carmenza había tenido una fuga de tubería imprevista en casa de su madre y ni siquiera se tomó la molestia de llamar al teléfono fijo.
La racha continuó con una regularidad desesperante. En la heladería, en la feria municipal, en la parada del bus intermunicipal y hasta en las bancas de piedra frente a la alcaldía, Florindo Botero acumulaba horas de espera en soledad. El hombre no era rencoroso; su trato con las plantas le había enseñado que la naturaleza requiere tiempo y serenidad, pero hasta el bambú más flexible tiene un límite de resistencia ante el peso de la nieve.
El asunto se convirtió en el tema predilecto de bromas en la taberna «La Piquera», donde don Evaristo, el cantinero socarrón, y varios compadres del pueblo solían reunirse al caer la tarde.
—Miren quién viene ahí —comentaba entre risas Evaristo al ver entrar a Florindo con el semblante cabizbajo y la camisa almidonada—. Ahí llega el maestro de la fotosíntesis. Dime una cosa, Florindo, ¿esta noche tampoco vino la maestra de primaria a tomarse el raspado?
—No pudo, Evaristo —respondía Florindo con dignidad ingenua, sentándose en una banqueta alta y pidiendo un vaso de agua con panela y limón—. Tuvo que calificar unos exámenes de geografía muy complicados. Dijo que nos veíamos el próximo jueves.
—¡El próximo jueves del año entrante, querrás decir! —exclamaba Rogelio, el mecánico de motocicletas, soltando una carcajada sonora—. Hombre, Florindo, tú eres el mejor paisajista de esta comarca. Conviertes un rastrojo en un jardín versallesco en cuatro días. Haces florecer claveles en tierra estéril. Pero cuando se trata de mujeres, no tienes fortuna. Es una tragedia científica.
Florindo suspiraba, removiendo el limón en su vaso.
—No es tragedia, muchachos. Es solo que la gente tiene imprevistos. Vivimos en un mundo acelerado.
—¿Acelerado? —replicaba Evaristo apoyando los codos sobre el mostrador de madera pulida—. ¡Si te hubieran dado una moneda por cada minuto que has pasado parado como estatua esperándolas, ya habrías comprado el vivero municipal entero! Eres el ser más paciente sobre la faz de la tierra.
Aquella resignación tocó su punto más crítico el sábado de la Fiesta de la Primavera. Para la ocasión, Florindo había diseñado personalmente los arcos florales de la iglesia y las jardineras móviles de la plaza central. Era su gran día laboral. Esa misma tarde, había quedado formalmente comprometido con doña Rosalba, una viuda hacendosa recién llegada de la capital provincial que vendía tejidos de lana y le había manifestado una admiración abierta por sus orquídeas miniatura. Habían pactado encontrarse a las siete en punto frente a la fuente luminosa para bailar juntos la cumbia inaugural.
Florindo cerró el vivero con premura a las cinco de la tarde. Se dio un baño minucioso con jabón de avena para quitarse todo rastro de tierra bajo las uñas, se afeitó al ras, se vistió con su mejor guayabera blanca de hilo y seleccionó la dalia más roja y perfecta de su invernadero para llevársela como obsequio.
A las siete menos diez, don Florindo ya estaba firme junto al brocal de la fuente, con la flor en la mano derecha y la vista fija en la bocacalle por donde debía aparecer doña Rosalba.
Pasaron las siete y quince. Las bombillas de colores de la fiesta comenzaron a titilar y la banda de vientos del pueblo inició sus acordes alegres. Dieron las ocho de la noche. Familias enteras paseaban comiendo algodón de azúcar, los niños corrían persiguiendo globos inflables y las parejas comenzaban a colmar la pista de baile improvisada sobre el adoquín. Florindo permanecía inmóvil, con los pies juntos, la espalda erguida y la dalia perdiendo lentamente su frescura ante la brisa fría de la montaña.
A las nueve y media, Evaristo y Rogelio, que pasaban por allí con sendas copas en la mano, se detuvieron frente a él, contemplándolo con una mezcla de compasión y asombro irreprimible.
—¿Todavía aquí, Florindo? —preguntó Rogelio, señalando el vacío desierto a su alrededor—. Rosalba ya no vino, hermano. Ya empezó a sonar el tercer set de porros y cumbias.
Florindo miró a sus amigos, luego miró la dalia marchita entre sus dedos, contempló la suela de sus zapatos completamente fijada al suelo tras casi tres horas de espera imperturbable y soltó una sonrisa melancólica pero cargada de una aplastante verdad profesional:
—Pues miren ustedes lo que son las cosas de la vida… Con tantos años dedicados a la botánica, dominando injertos, trasplantes y podas, tenía que cumplirse en mí la ley inexorable del oficio. ¿Cuál podía ser el colmo de un jardinero, sino que siempre, en cualquier esquina y bajo cualquier cielo, lo dejen plantado?
Evaristo y Rogelio se miraron en silencio durante dos segundos, desconcertados por la precisión poética de la respuesta, hasta que ambos rompieron en una carcajada tan limpia y contagiosa que las palomas del campanario alzaron el vuelo al unísono. Tomaron a Florindo por los brazos, lo arrancaron de raíz de su baldosa y lo arrastraron rumbo a la pista de baile, convencidos de que un hombre capaz de florecer con tanta gracia sobre sus propias penas merecía, por lo menos, la primera jarra de la noche.