En el tronco hueco del viejo roble centenario, ubicado en el linde florido de la pradera de Los Tréboles, funcionaba la colmena más laboriosa y disciplinada de la comarca. Allí no existía el concepto de tiempo libre ni los descansos no programados. Cada una de las cincuenta mil habitantes tenía una tarea asignada desde el instante exacto en que rompía el opérculo de cera: limpiar celdas hexagonales, alimentar a las larvas con jalea real fresca, ventilar el aire caliente agitando las alas a cuatrocientos batidos por segundo o salir al amanecer a recolectar néctar y polen en expediciones de varios kilómetros.

Entre todas aquellas obreras metódicas destacaba Beatriz. A Beatriz no le faltaba dedicación, pero tenía un temperamento inquieto que desafiaba la milenaria rigidez de la colmena. Poseía un par de antenas especialmente sensibles al compás de la brisa y un abdomen rayado de amarillo y negro que parecía tener ritmo propio. Mientras las demás abejas recolectoras volaban en líneas rectas, predecibles y estrictamente geométricas de ida y vuelta a los campos de lavanda, Beatriz hacía piruetas en el aire, dibujaba espirales sobre los girasoles y aterrizaba en las corolas balanceándose como si estuviera sobre una pista de baile.
—Beatriz, por favor, mantén la formación vectorial —le advertía con severidad la inspectora Ágata, una abeja veterana con las alas gastadas de tantas temporadas de carga—. El transporte de glucosa requiere eficiencia energética. Estás quemando calorías innecesarias con esos giros aerodinámicos.
—No son giros innecesarios, Ágata —respondía Beatriz con una sonrisa vivaz, frotándose las patas traseras cargadas de granos dorados—. Es soltura articular. Si nos pasamos el día entero volando en línea recta y cargando peso muerto, al llegar a la vejez terminaremos con las alas oxidadas y la cintura bloqueada. El cuerpo necesita movimiento, flexibilidad, alegría.
Ágata simplemente sacudía la cabeza con desaprobación y volvía a revisar las básculas de cera. Sin embargo, en el interior de la colmena, los efectos de la rutina comenzaban a manifestarse de manera preocupante.
Con la llegada del verano, las flores silvestres abrieron todas a la vez, produciendo una sobreoferta de néctar que obligó a doblar los turnos de recolección. Al cabo de tres semanas de faena implacable, el agotamiento colectivo era evidente. Las abejas obreras llegaban al atardecer arrastrando las patitas por los paneles de cera, con contracturas en los músculos alares y una pesadez generalizada que ralentizaba la producción de miel. El ambiente en los túneles se tornó gris y taciturno; ya nadie zumbaba con entusiasmo, sino con un murmullo quejumbroso y monótono.
La Reina Madre, alarmada por la caída en los índices de almacenamiento y por el semblante decaído de sus súbditas, convocó a un consejo extraordinario en la cámara real.
—Nuestras mejores recolectoras están exhaustas —declaró la soberana desde su trono de cera virgen—. Los depósitos de miel están apenas a la mitad de su capacidad y el invierno se aproxima. Los médicos de la corte sugieren baños de propóleo y dietas ricas en jalea, pero ninguna solución devuelve la vitalidad a las tropas. Si esto continúa, la colonia entera entrará en colapso.
Fue en ese momento cuando Beatriz levantó con decisión una de sus patitas delanteras desde el fondo de la asamblea.
—Majestad, con su debida venia, el problema no es la falta de alimento ni el exceso de trabajo. El problema es el sedentarismo funcional. Nuestras hermanas solo usan los mismos tres grupos musculares todo el día. Necesitamos acondicionamiento físico, reactivación cardiovascular y, sobre todo, liberar endorfinas.
Un murmullo de desconcierto recorrió la sala. La inspectora Ágata alzó la voz:
—¿Acondicionamiento? ¿Acaso pretendes que las abejas cansadas trabajen más?
—No a trabajar, sino a entrenar el cuerpo con entusiasmo —respondió Beatriz con firmeza—. Solicito permiso real para habilitar la galería abandonada del ala este, justo donde entra la luz del sol entre la corteza, y convertirla en un centro de entrenamiento integral.
La Reina, que ya no tenía nada que perder ante el avance del calendario, asintió con un leve movimiento de sus antenas.
—Concedido. Tienes siete días, Beatriz. Si tus métodos no surten efecto, volveremos al régimen estricto de reposo forzado.
A la mañana siguiente, el ala este del roble sufrió una transformación asombrosa. Beatriz limpió los restos de corteza, niveló el suelo con cera pulida y colocó gotas de rocío sobre hojas de menta fresca para hidratar a las asistentes. El rumor se esparció por todos los hexágonos y, a las cinco de la tarde, un grupo tímido de unas veinte abejas obreras se asomó con curiosidad al nuevo recinto. Venían encorvadas, con las alas caídas y miradas escépticas.
En el centro del salón estaba Beatriz, luciendo dos pequeñas muñequeras de fibra de diente de león y una cinta elástica de pétalo de amapola ajustada alrededor de la frente. Con una varita de pino, marcó un compás rítmico sobre una membrana de telaraña tensada, produciendo un sonido percusivo, enérgico y vibrante que resonó en todo el hueco del tronco.
—¡Bienvenidas al cambio de ciclo! —exclamó Beatriz con energía contagiosa—. ¡Dejen las cargas a un lado, suelten las antenas, eleven el pecho y prepárense para mover el exoesqueleto!
Al principio, los movimientos fueron torpes. Las abejas intentaban coordinar los pasos laterales tropezando con sus propias seis patas. Pero Beatriz no dio tregua: combinó saltos sincronizados, giros de cadera con suspensión alar y sentadillas de aterrizaje suave, todo adaptado a un ritmo sincopado que aumentaba de velocidad con cada minuto. Poco a poco, el cansancio acumulado se transformó en una oleada de calor revitalizante. Las obreras empezaron a sonreír, el sudor de polen brilló sobre sus dorsos y el salón se llenó de una euforia colectiva jamás vista en la historia de la colonia.
Al cabo de tres días, el rumor del éxito del gimnasio llegó a oídos de los zánganos, que jamás se habían caracterizado por su amor al esfuerzo físico. Picados por la curiosidad de los gritos de júbilo y la música que salía del ala este, un grupo de ellos decidió subir a espiar por una hendidura de la corteza.
Entre ellos iba don Bernardo, el zángano más viejo y perezoso de la colmena, conocido por dormir hasta el mediodía sobre los panales más cálidos. Al asomarse a la galería, se quedó con los ojos desorbitados: más de doscientas abejas saltaban al unísono, haciendo coreografías circulares, batiendo las alas al compás de la percusión y gritando entusiasmadas mientras seguían las instrucciones de Beatriz, quien saltaba al frente con una energía descomunal.
Bernardo, rascándose la cabeza con una pata trasera sin comprender una sola pizca de semejante despliegue aeróbico, se volvió hacia un colega que acababa de llegar y preguntó con genuino asombro:
—Oye, pero ven acá… ¿se puede saber qué demonios hace una abeja en un gimnasio?
Beatriz, que tenía un oído finísimo capaz de captar la vibración de una hoja a diez metros, detuvo la música con un golpe seco de su varita, giró sobre sus patitas traseras con una pose triunfal, levantó los brazos al aire con un movimiento de cadera fulminante y gritó a todo pulmón:
—¡Zum-ba!
Las doscientas abejas del salón rompieron en un coro unísono y festivo, retomando el baile con una sacudida de alas tan potente que una ráfaga de aire perfumado inundó todo el roble. Don Bernardo no tuvo más remedio que empezar a mover el abdomen al compás del estribillo, comprendiendo que a veces no hay mejor remedio contra el peso de la vida que un buen zumbido lleno de ritmo.