En el apacible barrio de Las Flores, donde las casas de fachada blanca compartían techos de teja de barro y jardines con veraneras moradas, vivía Pepito González. Con apenas diez años cumplidos, Pepito era un niño vivaz, noble y de corazón enorme, pero dueño de una mente que parecía flotar permanentemente en una dimensión paralela. No se trataba de que fuera desobediente ni falto de luces; sencillamente, el muchacho habitaba en un universo propio donde los detalles prácticos de la vida cotidiana carecían por completo de relevancia gravitatoria.

Si su madre, doña Carmen, lo enviaba a la tienda de la esquina con un billete para comprar medio kilo de sal y una libra de pan, Pepito regresaba invariablemente cuarenta minutos después con tres mandarinas, un paquete de figuritas de fútbol y una caja de fósforos, habiendo olvidado tanto el mandado original como el cambio en el mostrador del tendero. En la escuela del barrio, la situación no era distinta. La maestra Socorro solía suspirar cada vez que pasaba lista: Pepito podía escribir una redacción poética y brillante sobre los dinosaurios en la era jurásica en el margen del cuaderno de matemáticas, mientras la clase entera resolvía divisiones de dos cifras en la pizarra.
Aquella condición, tan entrañable para unos y exasperante para otros, le había ganado en el aula una reputación legendaria. Durante el recreo de las diez de la mañana, cuando los niños jugaban a las canicas o corrían en la cancha de baloncesto, Pepito se quedaba observando el vuelo errático de un escarabajo sobre el muro de ladrillo. Sus compañeros de clase, con la picardía implacable de la infancia, no dejaban pasar una sola oportunidad para recordárselo. Si Pepito buscaba su cartuchera dentro de la lonchera, o intentaba ponerse el zapato izquierdo en el pie derecho, el coro de sus amigos no tardaba en estallar entre risas: «¡Mírenlo, ahí está el despistado del año! ¡Pepito vive en las nubes y no baja ni con paracaídas!».
Aquel viernes por la tarde, el asunto alcanzó un punto de máxima indignación infantil. Durante la última hora de clase, el profesor de educación física había ordenado a todos formarse en fila de menor a mayor. Pepito, abstraído en la contemplación de una nube que tenía la sospechosa forma de una tostada con queso, terminó formándose de espaldas a la fila, junto a la puerta del baño de los maestros y sosteniendo un cono de tráfico como si fuera un megáfono de capitán de navío. Las carcajadas de los alumnos retumbaron por todo el patio escolar, y el apodo de «distraído» sonó como una sentencia unánime en el timbre de salida.
Con la mochila de lona colgando de un solo tirante, los cordones de los tenis rozando el asfalto y el ceño fruncido en un gesto de queja solemne, Pepito emprendió el camino de regreso a casa. Iba mascullando palabras de protesta contra la injusticia social y la falta de empatía de sus compañeros. No entendía por qué la gente se empeñaba en encasillar a un explorador de la imaginación como un simple cabeza de chorlito.
—Siempre lo mismo con esos muchachos —rezongaba en voz baja mientras pateaba una piedrita por la acera—. Uno solo reflexiona sobre la vida y ya dicen que no pongo atención. Hoy mismo se lo digo a mi mamá para que vaya a quejarse con la directora y ponga orden en esa escuela.
Dobló la esquina de la panadería, cruzó la calle sin mirar demasiado los árboles y avanzó por la calzada de adoquines hasta llegar a la hilera de viviendas familiares. Subió los tres escalones de la acera con paso decidido, empujó la verja de hierro forjado que rechinó familiarmente y atravesó el portal con la seguridad absoluta de quien llega a su propio refugio.
En el interior de la casa, el aroma a café recién colado y a galletas horneadas inundaba la sala. La luz dorada del atardecer entraba por el ventanal, iluminando el piso de madera encerada. Sentada en el sofá de terciopelo verde, con un tejido de punto entre las manos y las gafas de lectura sobre la punta de la nariz, se encontraba una señora de aspecto bondadoso y cabello rizado, absorta en el conteo de sus puntadas.
Pepito tiró la pesada mochila sobre una butaca, cruzó los brazos sobre el pecho con un dramatismo digno de una telenovela vespertina y, mirando fijamente a la dama del sofá con una mezcla de súplica y reclamo filial, soltó su lamento acumulado durante toda la jornada:
—¡Mamá! ¡Ya no aguanto más la burla de todos! En el colegio se la pasan diciendo que soy distraído. ¡Dicen que no me fijo en nada, que vivo en la luna y que tengo la cabeza de adorno! Tienes que ir el lunes a hablar muy seriamente con la maestra porque yo no tengo un solo pelo de despistado.
La mujer detuvo el movimiento de las agujas de tejer en el aire. Levantó lentamente la cabeza, bajó las gafas hasta la mitad de la nariz con parsimonia y observó detenidamente la mochila ajena en su butaca, el lodo que los tenis del muchacho habían dejado sobre su alfombra persa y, finalmente, la cara colorada de Pepito, que esperaba una respuesta de consuelo y un plato de sopa tibia.
La señora soltó un largo suspiro, parpadeó con desconcierto y, sin alterar la calma de su voz, sentenció con la más demoledora de las certezas:
—Niño… tú vives en la casa de enfrente.
Pepito se quedó completamente paralizado. Por unos instantes, el silencio en la sala fue tan denso que solo se escuchaba el tictac del reloj de pared. El niño miró el empapelado floral de las paredes que jamás había visto en su vida, notó el canario amarillo en una jaula que no existía en su casa, y de pronto reconoció a doña Beatriz, la vecina amable que vendía empanadas los domingos y a la que acababa de ascender al rango de madre biológica.
El rubor le cubrió las mejillas hasta las orejas, transformando su indignación en un silencio reverencial. Con una lentitud casi milimétrica, Pepito recogió su mochila del sillón, retrocedió de espaldas hacia la puerta con una sonrisa nerviosa y murmuró:
—Buenas tardes, doña Beatriz… que le quede muy bonito el tejido.
El chico salió disparado al andén, cruzó la calle a toda prisa y entró a la verdadera casa de los González, donde su madre real lo esperaba en la cocina con una cuchara de madera en la mano, preguntándose por qué su hijo llevaba diez minutos parado en la acera de enfrente discutiendo con el aire.