En el rincón más apartado de la biblioteca escolar, donde la luz del atardecer apenas se filtraba a través de los ventanales polvorientos, los anaqueles de madera de roble crujían bajo el peso de siglos de conocimiento acumulado. Cuando el timbre de las cinco de la tarde marcaba la salida del último estudiante y el eco de los pasos del conserje se extinguía en el corredor, un silencio reverente se apoderaba de las salas. Era la hora en que los volúmenes, libres del escrutinio de los lectores y del roce de los dedos apresurados, cobraban una sutil y silenciosa vida interior.

En el estante número siete, dedicado a las ciencias exactas, la jerarquía era implacable. Arriba reinaban los solemnes tratados de física teórica, orgullosos de sus leyes universales y sus constantes gravitatorias inmutables. Justo al lado reposaban los manuales de química inorgánica, siempre vanidosos por sus estructuras cristalinas y sus tablas periódicas multicolores. Sin embargo, en la balda central, ligeramente inclinado hacia la izquierda y con las tapas de cartón entelado visiblemente fatigadas, descansaba don Baldor, el tomo mayor de Matemáticas Aplicadas y Álgebra Superior.
Don Baldor era un libro monumental de setecientas ochenta páginas, cosido en hilo grueso y encuadernado en un tono azul marino que los años habían desteñido hasta convertirlo en un gris pizarra. Poseía un lomo ancho, cantos dorados ya desgastados por el roce de generaciones de bachilleres y un índice analítico que parecía no tener fin. Durante décadas, había sido la piedra angular del aprendizaje, el juez supremo ante el cual temblaban los adolescentes antes de los exámenes trimestrales.
A pesar de su ilustre linaje pedagógico, aquella tarde don Baldor lucía abatido. Sus páginas no crujían con el orgullo seco del papel satinado, sino que dejaban escapar un murmullo lánguido, como un suspiro atrapado entre hojas de guarda. Tenía varias esquinas dobladas, marcas de grafito mal borradas en los márgenes y un marcador de cinta de seda deshilachado que colgaba sin rumbo hacia el suelo.
A pocos centímetros de distancia, acomodada en el estante contiguo con la elegancia de una bailarina de ópera, se encontraba una edición de lujo de Cien años de soledad. Vestía una sobrecubierta brillante, tipografía refinada y una atmósfera festiva de mariposas amarillas y sagas familiares que nunca perdía el encanto.
Al notar el abatimiento persistente de su vecino, la novela no pudo contener la curiosidad.
—Buenas tardes, don Baldor —saludó el libro de literatura con voz melodiosa—. Disculpe mi indiscreción, pero llevo semanas observando que apenas abre sus capítulos al aire. Los volúmenes de historia universal en el estante de enfrente no paran de debatir sobre batallas antiguas, los diccionarios intercambian sinónimos para no aburrirse, y usted permanece encogido en su rincón, como si una nube de tormenta se hubiera instalado sobre su índice temático. ¿Acaso le molestan las polillas o la humedad de esta repisa?
Don Baldor entreabrió pesadamente sus hojas centrales, dejando ver un bosque apretado de fracciones complejas, matrices de orden tres y radicales anidados.
—Ojalá fuera un simple asunto de humedad o insectos, querida amiga —respondió el manual con un tono grave y cavernoso—. El moho se limpia con un paño seco y las polillas huyen ante unas hojas de laurel bien colocadas. Mi aflicción es mucho más profunda, un mal que corroe mi propia esencia desde la portada hasta el colofón.
En ese momento, una pequeña libreta de poesía que reposaba sobre un atril cercano asomó sus versos rimados.
—¡Cuéntenos, don Baldor! —exclamó la libretita con entusiasmo lírico—. El dolor compartido se divide por dos, como suelen decir ustedes los geómetras. ¿Ha sufrido el desdén de algún lector ingrato? ¿Acaso algún estudiante osó arrancarle una hoja para hacer un avión de papel durante la clase de trigonometría?
—Nada de eso —suspiró el viejo tomo, haciendo crujir su lomo de tela—. Todos los días veo a los muchachos abrir mis tapas con el ceño fruncido y la mirada cargada de angustia. Nunca me buscan para soñar, como hacen contigo, noble novela. Jamás me hojean para recitar una estrofa al oído de un amor correspondido, como hacen con la libreta de poesía. A mí solo acuden cuando la desesperación los acorrala, cuando las notas no alcanzan o cuando el reloj de la entrega final marca la medianoche. Y lo peor de todo no es el trato que me dispensan los estudiantes… lo peor es lo que llevo por dentro.
El libro de literatura ladeó su sobrecubierta, intrigado.
—¿Y qué puede ser tan abrumador dentro de sus páginas? Después de todo, usted es el templo de la certeza. Sus postulados son exactos, sus axiomas no admiten dudas y sus igualdades son perfectas. En mis páginas hay guerras sangrientas, pestes del insomnio y estirpes condenadas a la soledad; en cambio, en usted todo es armonía y equilibrio.
Don Baldor dejó escapar una bocanada de polvo de tiza acumulado en sus pliegues y sacudió la cabeza con amarga resignación.
—Hablas desde la orilla luminosa de la metáfora, querida amiga. Pero mira mi realidad. Abre el capítulo cuatro y verás a un tren que sale de una estación a sesenta kilómetros por hora persiguiendo a otro que salió dos horas antes en sentido contrario, y nadie sabe cuándo van a chocar. Pasa al capítulo siete y encontrarás a tres grifos llenando una alberca con una fuga en el fondo, compitiendo contra el tiempo para que el agua no se pierda. Mira las ecuaciones de segundo grado: siempre hay una incógnita que se niega a rebelar su identidad, una $x$ rebelde que se esconde detrás de un radical negativo y una $y$ que no encuentra su par ordenado.
El viejo libro hizo una pausa dramática, mientras las páginas de los demás textos enmudecían para escuchar la revelación final. Con una voz templada por el desconsuelo más absoluto y la más pura lógica aristotélica, sentenció:
—Todo el mundo se pregunta por qué el libro de matemáticas vive sumido en una tristeza tan honda y solitaria… pero nadie se detiene a pensar en mi tragedia cotidiana: ¡es que tengo demasiados problemas!
Un silencio solemne recorrió la estantería de roble durante un par de segundos, mientras los tomos vecinos asimilaban la aplastante verdad contenida en la queja. De pronto, la novela de García Márquez soltó un aleteo de hojas semejante a una risa elegante; la libretita de versos vibró de júbilo entre sus anillas y hasta la enciclopedia de diez tomos, situada en el anaquel inferior con su seriedad de mármol, dejó escapar una vibración alegre que hizo tintinear los sujetalibros metálicos.
—¡Vaya que tiene razón, don Baldor! —rió la novela con empatía—. Cargar con cientos de dilemas ajenos sin que nadie le ofrezca una solución definitiva debe ser una prueba agotadora. Pero recuerde que detrás de cada uno de sus problemas, siempre hay alguien buscando con afán una respuesta que le devuelva la calma.
Don Baldor miró a sus compañeros de balda, sintió el afecto cálido de la biblioteca en penumbra y permitió que una tenue sonrisa se dibujara en la curvatura de su lomo. Cerró sus tapas con un golpe suave y satisfecho, acomodó su cinta marcadora entre los ejercicios de repaso y se dispuso a descansar, sabiendo que al sonar la campana de la mañana siguiente, volvería a estar firme en su puesto para enseñar que hasta el problema más enredado siempre tiene, al final de la página, su justa solución.