En el tercer piso del Centro Médico La Esperanza, donde el olor a alcohol isopropílico se mezclaba con el zumbido monótono del aire acondicionado central, pasaba consulta el doctor Horacio Peñaloza. Con más de treinta años en el ejercicio de la medicina general y la psicología clínica, don Horacio se jactaba de haberlo visto prácticamente todo. Por su diván de cuero sintético habían desfilado hombres que aseguraban ser la reencarnación de Napoleón, ancianas convencidas de que las palomas del parque les transmitían mensajes en clave morse y comerciantes con ataques de pánico provocados por el precio fluctuante del café. Nada alteraba su pulso. Sentado tras su escritorio de caoba maciza, con su estetoscopio al cuello y sus anteojos bifocales apoyados sobre el puente de la nariz, el doctor Peñaloza recibía a cada paciente con la misma parsimonia de un juez de aduanas.

Sin embargo, aquella tarde de martes el ambiente tenía una densidad particular. El reloj de péndulo de la pared marcaba las cuatro y media cuando el pasillo quedó desierto. La recepcionista se había retirado a ordenar archivos y la sala de espera permanecía en penumbra. Fue entonces cuando un leve crujido sobre el linóleo rompió el silencio del consultorio número doce.
Armando Nieves empujó la puerta entreabierta con excesiva cautela. A sus treinta y cinco años, Armando era un hombre corriente: estatura mediana, camisa de franela a cuadros grises, zapatos de cuero desgastados y una timidez tan arraigada que parecía pedir perdón cada vez que respiraba el aire de una estancia compartida. Pero en las últimas semanas, un fenómeno inquietante venía perturbando su tranquilidad mental.
Todo había comenzado en el transporte público. Armando levantaba la mano en la parada del autobús y los conductores seguían de largo como si la acera estuviera vacía. En la panadería de su barrio, pedía un café con leche y el dependiente despachaba a tres clientes que habían llegado después de él. En las reuniones de trabajo, cuando intentaba aportar una idea para optimizar los balances contables, sus compañeros continuaban la charla sin pestañear, como si las ondas sonoras de su voz rebotaran contra una pared de corcho. Aquella serie de desaires cotidianos, sumada a una profunda crisis de autoestima, lo había llevado a una conclusión científica y delirante a la vez: estaba perdiendo su densidad molecular.
Con las manos temblorosas y la mirada baja, Armando avanzó tres pasos hacia el centro del consultorio. El doctor Peñaloza estaba inclinado sobre su recetario, anotando con letra apretada el diagnóstico de una lumbago reciente, sin levantar la vista del papel.
Armando carraspeó suavemente. Nadie respondió. Dio dos pasos más, arrastrando las suelas con deliberada fuerza para que el cuero rechinara contra el piso, y se detuvo justo al borde del escritorio de caoba. Apoyó las palmas sobre la madera pulida y, tragando saliva con dificultad, rompió el silencio con una voz entrecortada por la angustia:
—Doctor, doctor… creo que soy invisible.
El médico continuó trazando líneas con su bolígrafo durante dos segundos completos. Luego, la punta de tinta se detuvo en seco sobre la receta en blanco. El doctor Peñaloza enderezó lentamente la espalda, levantó los ojos con expresión distraída, miró fijamente hacia la ventana, luego hacia el perchero vacío y finalmente hacia el respaldo de la silla giratoria donde supuestamente debía sentarse el paciente, ignorando por completo la figura de Armando que permanecía parada de pie a escasos cincuenta centímetros de sus narices.
Con el ceño fruncido, abriendo los brazos con desconcierto y girando la cabeza hacia los cuatro rincones vacíos de la estancia, el doctor exclamó en voz alta:
—¿Quién dijo eso?
Armando sintió que el suelo se abría bajo sus pies. El corazón se le detuvo por una milésima de segundo y una gota de sudor frío le resbaló por la sien. ¡Era verdad! La sospecha que lo había atormentado durante meses acababa de ser ratificada por la máxima autoridad médica del hospital. No era una simple distracción de los cajeros ni la descortesía de los choferes; su cuerpo realmente se había disuelto en la atmósfera.
—¡Soy yo, doctor! —gritó Armando, agitando las manos desesperadamente frente a los ojos del médico—. ¡Estoy aquí! ¡Justo al frente de su lámpara de escritorio! ¿No me ve? ¡Tengo puesta una camisa gris!
El doctor Peñaloza no pestañeó. Se quitó los bifocales con suma lentitud, los limpió con la solapa de su bata blanca, se los volvió a encajar en la nariz y paseó la vista por el techo con una solemnidad sepulcral.
—Qué extraño fenómeno acústico —murmuró el galeno hablando consigo mismo, mientras abría un cajón y sacaba una linterna de exploración pupilar—. Los conductos de ventilación deben estar trayendo el eco de las consultas del piso inferior. Juraría que escuché una voz quejumbrosa pidiendo auxilio visual. Es fascinante cómo la física del sonido engaña al oído humano después de ocho horas de turno.
—¡No es el aire acondicionado, doctor! ¡Soy un paciente de carne y hueso! —insistió Armando, al borde del colapso nervioso, dando pequeños saltitos sobre el piso para hacer ruido—. ¡Toque la mesa! ¿No siente la vibración? ¡Mire el bolígrafo!
Para demostrar su existencia material, Armando estiró la mano, tomó el bolígrafo del escritorio y lo levantó en el aire a la altura de sus ojos.
El doctor Peñaloza abrió la boca con fingido asombro, siguiendo con la mirada el bolígrafo que parecía flotar por arte de magia en medio de la habitación.
—¡Válgame Dios! —exclamó el doctor, santiguándose con una calma sospechosamente teatral—. Un bolígrafo levitante de tinta azul. Treinta años de carrera y jamás había presenciado un caso tan flagrante de telequinesis espontánea. Debo llamar de inmediato a la revista de neurología experimental.
Armando, viendo que la situación se salía de todo control científico, soltó el bolígrafo sobre el secante y se dejó caer pesadamente sobre el sillón de los pacientes, tomándose la cabeza entre las manos con un lamento desgarrador.
—Esto es el fin… Mi esposa no me verá cuando llegue a cenar. Los cobradores no sabrán a quién entregarle las facturas de la luz. Me convertiré en una sombra vagabunda entre los muebles de la casa…
En ese instante, al ver el desconsuelo genuino de aquel hombre que se tomaba la vida con una gravedad tan trágica, el doctor Peñaloza no pudo sostener más la farsa. Una sonrisa pícara y paternal se dibujó bajo su bigote canoso. Se inclinó hacia adelante, apoyó los codos sobre el escritorio, miró a Armando directamente a los ojos y soltó una carcajada limpia y sonora que resonó por todo el consultorio.
—Cálmese, amigo mío, siéntese bien y respire hondo —dijo el médico con voz afectuosa, extendiendo una mano para palmearle el hombro—. Lo veo con perfecta nitidez desde que cruzó esa puerta arrastrando los pies como si no quisiera existir.
Armando levantó la vista, parpadeando confundido.
—¿Entonces… no soy invisible?
—Invisible solo para quien usted decida pasar desapercibido —respondió don Horacio, guardando el recetario y sirviéndole un vaso de agua fresca—. Lleva años caminando encorvado, hablando en susurros y esperando que el mundo adivine su presencia. Su problema no es de óptica ni de moléculas, don Armando; su problema es que no se hace notar. Y cuando alguien entra a mi consulta con un planteamiento tan tentador, ningún médico con sentido del humor puede resistirse a seguirle la corriente.
Armando bebió un sorbo largo de agua, sintió el frío aliviando su garganta y, al contemplar la sonrisa cómplice del veterano doctor, no tuvo más remedio que soltar una risa tímida que pronto se convirtió en alivio puro. Se puso de pie, ajustó los hombros hacia atrás, respiró el aire de la tarde y salió del consultorio pisando fuerte, seguro de que a partir de ese día nadie volvería a preguntarse quién demonios acababa de hablar.